Areneros del Guadalquivir:

Una histórica profesión desaparecida

Había un oficio que se mantuvo desde la noche de los tiempos hasta mediados de los años cincuenta con los mismos métodos de trabajo. Es decir, sacrificado y penoso que, además, exigía la ausencia del hogar durante semanas enteras. Hablamos de los areneros del Guadalquivir, un colectivo profesional que se encargaba del negocio de los áridos de origen fluvial (extracción, clasificación y venta de grava, arena, zahorra, piedra y arcilla del río). Para los más mayores no será difícil recordarlos, en el muelle de la Sal protagonizando una estampa propia de la Edad Media, que actualmente podría emparentarse con los métodos de trabajo inhumanos que en algunas minas se mantienen.

«Me llaman “El Arenero”

porque el pan que me he comío

se lo he sacao grano a grano

a las entrañas del río».

Esta es la soleá que Antonio González Garzón (1925-2004), apodado «El Arenero», cantaba sobre su antigua profesión y que bien sirve para introducir la labor de este gremio, harto olvidada y ya desaparecida.

En la historia, aún por escribir, de los areneros del Guadalquivir, Triana y Coria del Río tuvieron el principal protagonismo, pues ambos enclaves reúnen las raíces básicas de un durísimo oficio de nuestra tierra. Otros barrios sevillanos, como Los Humeros y La Macarena, y también pueblos ribereños (Alcalá del Río), tuvieron vinculaciones con ellos, pero sin el decisivo peso trianero y coriano.

Hay constancia de dicho oficio desde el siglo XIV, censado en el entonces arrabal de Triana, pero creemos que pudo ser ejercido desde tiempos árabes y aún anteriores. Como curiosidad, en 1966 Luis Navarro sacó a la luz unos legajos de 1590 que demuestran la relación de los areneros con los alfareros, pues el barro extraído en los márgenes de la dehesa de Tablada luego era vendido a dicho gremio. Sin embargo, desde principios del XX la necesidad de tener áridos de gran consumo en la construcción, además de próximos al casco urbano, multiplicó la demanda de esta profesión y material.

Con sus altibajos, los areneros pervivieron hasta casi los años noventa, siendo especialmente destacable su presencia en los cincuenta. En dicha década el río estuvo lleno de ellos debido a la puesta en marcha de proyectos constructivos de todo tipo (nuevas barriadas, astilleros, etc.), y, con ellos, las sagas de familias dedicadas a dicha labor (Arteaga, Sosa, Borrego, Cardos, Torres, Pijarra, etc.). Sin embargo, cuando estos linajes desaparecieron sus ancestrales profesiones les siguieron, difuminándose en una sociedad que, gran parte del tiempo, vive de espaldas al río.

Desde una perspectiva histórica y didáctica, esta actividad socioeconómica puede dividirse, según el periodista Nicolás Salas, en cuatro etapas bien definidas. La primera se pierde en el último tercio del siglo XIX y es difícil de estudiar, aunque algunos datos aportados por los historiadores confirman la existencia del oficio de arenero en Triana. La segunda abarca desde los primeros años del siglo XX hasta mediada la década de los años cincuenta, es decir, más de medio siglo en el que se mantienen las principales características del oficio. La tercera supone la llegada del motor a las embarcaciones, que tímidamente comienza a instalarse en los años cuarenta hasta ser generalizada a partir de 1954, cuando la sección de areneros del Sindicato Provincial de la Construcción, Vidrio y Cerámica de Sevilla se reorganiza. Entonces se da un salto de gigante en la humanización de dicho trabajo, pues se logran mecanizar las tareas más duras y penosas, como la extracción de arena y grava y su posterior descarga en camiones o muelles por medio de grúas. Desde entonces, puede decirse que existe el gremio de areneros organizado, ingresando los trabajadores en la Seguridad Social y contando con una reglamentación laboral. Por último, la cuarta prácticamente supone la muerte del sector debido a las exigencias de productividad y al cambio operado en la extracción, que abandona el cauce del río para buscar canteras en tierra firme. Desde el verano de 1989 los antiguos areneros del Guadalquivir no pueden trabajar, pues la actual Ley de Costas se lo impide.

En cuanto a su base de operaciones, a principios del siglo XIX estuvo ubicada en el sector de Los Humeros (Torneo) y la calle Betis, mientras que desde finales de dicha centuria en el muelle de la Sal y del Barranco. Como curiosidad, en aquellos tiempos el puente de Triana se convirtió en el «casino de los mirones», como fielmente retrataron los dibujantes Vicente Flores Luque y Andrés Martínez de León. Todas las mañanas y tardes gente desocupada permanecía horas recostada en la baranda del mismo para ver trabajar a los areneros y, a veces, aplaudirles en el trabajo, siempre atentos a las servidumbres de las mareas y contratas.

Una vez que el tapón de Chapina convirtió al río a su paso por la ciudad en una dársena de aguas controladas por la antigua esclusa (1953), la actividad de los areneros se trasladó a la reciente corta de la vega de Triana. Allí, junto al charco de la Pava, varias empresas y particulares se concentraron dedicados a tal fin, siendo el lugar conocido como «Pitinini/Pinichi», o muelle de la Vega. Fue en dicha zona cuando el 12/03/1955 se bendijo un barco (de 20 tn de capacidad) y tres grúas del ya mencionado sindicato, para aliviar las duras tareas de sus afiliados y así dar comienzo a una nueva etapa, motorizada. A partir de entonces, en la geografía portuaria hispalense aparece el muelle de la Haza del Sabueso, o de los Areneros. Esta ubicación se respetó hasta los albores de la Exposición Universal, cuando la remodelación de la zona acabó con ellos. Como curiosidad, según declaraciones de Joaquín Lozano Torres, Joaquín Torres Távora (1896-1953), su abuelo, contó con una flota de areneros y remolcadores que solía utilizar el muelle de Las Delicias, y las grúas de la Junta de Obras, para descargar. Sin embargo, una vez que se creó la dársena del Guadalquivir (1953), dichas labores se trasladaron aguas arriba: levantaron un muelle (gravera de los Távora, como era conocida) que desapareció cuando se construyó el canal del arroyo Tamarguillo (mediados de los años sesenta). En paralelo a la capital y su puerto, la actividad extractiva también se desarrolló en Coria del Río, donde mayormente solían construirse y botarse las embarcaciones típicamente areneras.

Especial mención a esta última localidad. Las zonas de carga y alijo de los areneros corianos fueron las mismas para los trianeros o alcalareños, con la excepción de que también solían operar en las marismas. Por ejemplo, ellos fueron los que llevaron a dicha región pantanosa los ladrillos y demás materiales para la construcción de poblados agrícolas, acequias y casetas de bombas hidráulicas. Igualmente, dichos barcos llegaron a transportar hasta el Puerto de Sevilla ladrillos salidos de los hornos corianos o de la vega del Guadalquivir, los cuales sirvieron para construir el dique seco de los desaparecidos Astilleros de Sevilla o la central térmica «Guadaíra», de la Compañía Sevillana de Electricidad.

Por otro lado, las zonas de carga de la materia prima estaban situadas en el meandro de San Jerónimo, en el paraje conocido como «El palo del Manco» (Santiponce), en la desembocadura del río Rivera de Huelva, en la zona de «El copete de los Cochinos» (más allá de La Algaba), en «El Cascajal» (en la misma puerta de la presa de Alcalá del Río) y, en definitiva, en varios recodos del río donde la arena arrastrada por las corrientes se refugiaba. Sin embargo, los areneros no fueron exclusivos del Guadalquivir, pues también los hubo en el Guadalete (Jerez de la Frontera) y Genil (Écija).

Las condiciones de trabajo eran durísimas. La jornada se iniciaba con las primeras luces del día, fuera la estación que fuere. Antes de partir se achicaba el agua de la barca mediante cubos y una vez que reunía las condiciones para faenar, ponían rumbo hasta localizar el lugar idóneo para la estiba. Cada material tenía sus lugares. Por ejemplo, la zahorra estaba en los sitios donde el agua corría más y se llevaba la arena, mientras que esta última se asentaba en zonas más reposadas, como los recodos. Por otro lado, las frecuentes riadas del Guadalquivir clasificaban naturalmente los materiales y servían para recuperar las pérdidas de arena y grava en los bajos.

La ubicación de la barca era tarea fundamental para el feliz éxito de la operativa, pues debía de contener dos requisitos fundamentales: que el árido no estuviera muy profundo y que la misma pudiera trabajar en las mejores condiciones para que no quedara encallada. Los areneros buscaban zonas de poca agua para poder sumergirse hasta medio cuerpo, mientras que en las más hondas utilizaban un palo, de unos cuatro metros de largo con un cazo en la punta, con el cual rastreaban el fondo cercano a las orillas. Una vez fijada la embarcación, se iniciaba el duro trabajo manual de extracción. La arena del río se cargaba ininterrumpidamente durante cuatro o cinco días, durmiendo la tripulación en la misma cubierta o en chozas habilitadas para ello en tierra.

Una vez que la barca estaba llena hasta la borda, se iniciaba el viaje de vuelta, a vela o remo, coincidiendo con el sentido de la marea, pero no siempre era posible esperar la bajamar para el regreso. Como solución, la sirga fue usada para arrastrar los barcos desde la orilla, donde se formaron caminos, llamados de sirga, que luego sirvieron de base para caminos rurales. Los areneros utilizaban unas maromas cruzadas por un hombro y el pecho que estaban unidas a los barcos a través del mástil con una carrucha, y que terminaba en una de las proas. Por lo tanto, varios hombres tiraban del barco, cargado hasta arriba de arena mojada o grava, casi siempre a contracorriente, para no perder tiempo. Era un trabajo agotador. Hasta 1954, cuando hubo cupo de gasolina, no se motorizarían dichas faenas.

En cuanto a sus embarcaciones, de doble proa, solían estar construidas con maderas recicladas de peral, azufaifo, fresno, pino gallego, eucalipto, acebuche y álamo blanco. Eran fieles a las técnicas de carpintería de ribera y calafateado de hace muchas décadas, tan típicas en Coria del Río, siendo de pocas dimensiones. Algunos de los nombres de las mismas fueron: «María Lourdes» (75 tn), «Cabo Primero» (45 tn), «Rosa» (30 tn), «Rosario Campo» (80 tn), «El Plano», «El Fantasma», «Espurga Buey», «El Portugués», «El Chivato», «La Tani», «Cinco Hermanos», «Tres Hermanos», etc., etc. Era frecuente que algunos patrones, cabezas de sagas familiares, tuvieran varios barcos a la vez.

Una vez llegaban a las zonas de descarga, comenzaba el trabajo más duro. Los areneros acarreaban espuertas de palma (con 50 kg de arena húmeda cada una) sobre la cabeza. Conseguían amortiguar el roce de las mismas con un casquete de fieltro, recortado de un sombrero. Cuando el nivel del agua era alto y la embarcación casi se igualaba con el muelle, podían utilizar palas. Además, iban descalzos y semidesnudos, vestidos con unos calzones o pantalones remangados hasta las rodillas unido, a veces, con una amarillenta camiseta de tirantas, generalmente con el torso desnudo muy bronceado. Trotaban sobre una tabla de andamio que unía la borda con el cantil del muelle, guardando el equilibrio. Era una magnifica demostración de fortaleza, habilidad y virilidad. Mientras se descargaba, a pie de río acudían carros y burros, con cerones a reatas, para hacer la distribución del árido. Ya en la propia obra, mediante diferentes zarandas manejadas a pulso por los peones, se procedía a la división de la grava y arena según las necesidades. Los carrillos y bateas de manos se mantuvieron hasta la llegada de las tolvas y motocarros. A la hora del merecido descanso, los areneros trianeros solían reunirse en la taberna de «El Litro», mientras que los corianos en las ventas del Tuerto, del Tijera y del Mellizo.

En general, el trabajo de arenero fue, sin duda alguna, el que menos evolucionó durante la primera mitad del siglo XX. Especial mención merece la labor de Nicolás Salas, quien escribió sobre ellos y dio más visibilidad a este colectivo profesional, además de la del investigador Juan Méndez, que ha estudiado el caso para el río Genil.

Como anteriormente mencionamos, la Ley de Costas de 1989 y la transformación del entorno de La Cartuja y Patrocinio con motivo de la Exposición Universal (1987-1992) dieron la puntillita para la desaparición del oficio de arenero. Sin embargo, este fatal destino ya se venía escribiendo desde algunos años atrás, pues la mecanización del sistema de extracción de áridos aceleró la desaparición de las barcas, perdiéndose una estampa clásica del Guadalquivir. Además, como destaca el profesor Rafael Baena, la construcción de nuevos embalses en la cuenca del río desde los años cincuenta provocó que la arena arrastrada por la corriente quedara depositada en dichas infraestructuras, solo pasando el limo y la arcilla. Solo permaneció en activo un muelle y draga en Coria del Río, con actividad autorizada por parte de la Autoridad Portuaria hasta principios del 2000.

En definitiva, interesarse por los areneros del Guadalquivir es una apasionante tarea antropológica e histórica, pues dicho colectivo reúne una serie de circunstancias únicas en el mundo laboral sevillano. Seguirle la pista a patrones y marineros de los barcos involucrados nos lleva al conocimiento de unas formas de vida que, aun siendo recientes, nos parecen de otro siglo. La durísima tarea de recogida de arena y grava, metidos en agua hasta la cintura sin importar la estación del año, la permanencia en el río durante días durmiendo al raso, el contenido del pobrísimo menú, enriquecido con algún albur o barbo asado, y los salarios y sistemas socioeconómicos, no escritos, pero siempre respetados, nos descubren unas realidades que son imprescindibles para comprender nuestra historia, la de los «obreros anónimos del Guadalquivir», como Salas los llamaba.

En este sentido, nos sumamos a la petición que este docto en la historia contemporánea de Sevilla realizó, hace ya algunas décadas, para que los areneros merezcan algún recuerdo. Llama poderosamente la atención que solo Alcalá del Río cuenta con una calle dedicada a esta profesión, cuando entre las de la capital podemos encontrar, muy cerca de sus bases de operaciones (charco de la Pava y Arenal), algunos nombres indirectamente relacionados, como redes, barco, etc. Falta, pues, un reconocimiento público, más si cabe cuando recientemente se habla de recuperar nuestro pasado etnológico.

Para terminar y recordar a los hombres de esta legendaria profesión ya desaparecida y hundida en el olvido del río, el poeta González Asensio escribió:

Referencias bibliográficas

DEL MORAL ITUARTE, L. (1992) El Guadalquivir y la transformación urbana de Sevilla (Siglos XVIII-XX), Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla (Biblioteca de Temas Sevillanos).

SUÁREZ JAPÓN, J. M. (coord. 1987) Coria del Río. Aproximación a su realidad geohistórica, Coria del Río (Sevilla), Ayuntamiento de Coria del Río.

PALANCAR PENELLA, M. (coord. 1977) Guadalquivires. 50 aniversario (1927-1977) de la Conferencia Hidrográfica del Guadalquivir, Sevilla, Conferencia Hidrográfica del Guadalquivir.

ROJAS CASTELLANO, F., ROJAS SOSA, M. y RODRÍGUEZ MARTÍNEZ, F. (2016) Imágenes de la historia de Coria del Río (Sevilla). 1885-1970, Coria del Río (Sevilla), Ayuntamiento de Coria del Río.

RUBIALES TORREJÓN, J. (coord. 1989) Historia Gráfica del Puerto de Sevilla, Sevilla, Junta de Obras del Puerto de Sevilla y Equipo 28.

SALAS, N. (2010) Navegación. Homenaje al Guadalquivir, Sevilla, Guadalturia Ediciones y Fundación Cámara del Comercio y la Industria en Sevilla.

SALAS, N. (1994) Sevilla en tiempos de María Trifulca. Tomo I y II. Grandezas y miserias humanas durante los “años del hambre” (1939-1952), una época clave de nuestra reciente historia que ha sido injustamente caricaturizada, Sevilla, RC Editor.

SALAS, N. (1996) Sevilla en tiempos de la Corchuela. La “Ciudad de los Refugios” (1961-1977) tuvo en La Corchuela el símbolo de la marginación sufrida por más de 150.000 sevillanos. Tomo I y II, Sevilla, RC Editor.

SALAS, N. (1991), «Capítulo coriano de los areneros del Guadalquivir», Azotea, nº 8, pp. 20-36.

SALAS, N. (2015) «Los areneros del Guadalquivir», Andalucía Información [en línea]. Última consulta: 05-10-2021.

Disponible en: https://andaluciainformacion.es/sevilla/538176/los-areneros-del-guadalquivir/

Fotografías

Figura nº 2: Vista, en primer plano, de descargas de areneros en la actual calle Betis. Entre 1885-1890.

Colección particular Marcos Pacheco Morales-Padrón.

Figura nº 3: Dragas y montículos de áridos en la calle Betis. Finales del siglo XIX.

Colección particular Marcos Pacheco Morales-Padrón.

Figura nº 4: Barco arenero, en primer término, en la orilla de Triana. Principios del siglo XIX.

Colección particular Marcos Pacheco Morales-Padrón.

Figura nº 5: Vicente Flores Luque. ABC de Sevilla 23-02-1944.

Fuente: https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-sevilla-19440223-6.html

[consultado el 05-10-2021]

Figura nº 6: Descarga de ladrillos en el muelle de la Sal. Década de años treinta del siglo XX.

Fuente: https://forocofradias.foroactivo.com/t290p150-fotos-de-la-sevilla-del-ayer-iv

[consultado el 05-10-2021]

Figura nº 7: Arrieros con áridos en la zona del Barranco. Año 1947.

Fuente: https://docplayer.es/90602916-Puerto-maritimo-de-interiorsituado-en-el-estuario-del-guadalquivir-situacion-longitud-6o-0-w-latitud-37o-22-n.html

[consultado el 05-10-2021]

Figura nº 8: Barcas areneras en el muelle de la Sal. Década de años treinta del siglo XX.

Fuente: https://andaluciainformacion.es/sevilla/538176/los-areneros-del-guadalquivir/

[consultado el 05-10-2021]

Figura nº 9: Areneros descargando en el muelle de la Sal. Año 1951. Fotógrafo Herbert List.

Fuente: https://www.facebook.com/mercadodetrianasevilla/photos/4241367152618724

Figura nº 10: Barco arenero motorizado «San José» aproximándose al muelle del Arenal. Década de los años cincuenta del siglo XX.

Colección particular Marcos Pacheco Morales-Padrón.

Figura nº 11: Tolvas y cribadoras de áridos, más grúa automóvil, sobre el muelle del Arenal. Década de los años cincuenta del siglo XX.

Colección particular Marcos Pacheco Morales-Padrón.

Figura nº 12: Descarga de áridos, con pequeña grúa, junto al puente de San Telmo. Década de los años cincuenta del siglo XX.

Fondo fotográfico de la Autoridad Portuaria de Sevilla.

Figura nº 13: Grúa y barco arenero junto a la torre del Oro. Año 1955. Fotógrafo Catalá Roca.

Fuente: http://photocollection.alonsorobisco.es/spanish_catalaroca.html

[consultado el 05-10-2021]

Figura nº 14: Barcas areneras atracadas en el muelle de la Sal. Década de los años cincuenta del siglo XX.

Fuente: SALAS, N. (1991), «Capítulo coriano de los areneros del Guadalquivir», Azotea, nº 8, pp. 20-36.

Figura nº 15: Distintos tipos de áridos depositados sobre el muelle de la Sal. Año 1955.

Fuente: https://elforocofrade.es/index.php?threads/fotos-el-ayer-de-sevilla.4654/page-209

Figura nº 16: Jóvenes, descalzos, sirgando una barca arenera a la altura del meandro de San Jerónimo. Década de los años cincuenta del siglo XX.

Colección particular Marcos Pacheco Morales-Padrón.

Figura nº 17: Areneros posando sobre las tablas. Año 1945.

Fuente: ROJAS CASTELLANO, F., ROJAS SOSA, M. y RODRÍGUEZ MARTÍNEZ, F. (2016) Imágenes de la historia de Coria del Río (Sevilla). 1885-1970, Coria del Río (Sevilla), Ayuntamiento de Coria del Río, p. 87.

Figura nº 18: Areneros trabajando con los cazos. Año 1935.

Fuente: ROJAS CASTELLANO, F., ROJAS SOSA, M. y RODRÍGUEZ MARTÍNEZ, F. (2016) Imágenes de la historia de Coria del Río (Sevilla). 1885-1970, Coria del Río (Sevilla), Ayuntamiento de Coria del Río, p. 86.

Figura nº 19: Descarga de áridos en el muelle de Las Delicias. Año 1951.

Fuente: Colección particular Joaquín Lozano Torres.

Figura nº 20: Botadura en Coria del Río de un barco arenero. Año 1955.

Fuente: ROJAS CASTELLANO, F., ROJAS SOSA, M. y RODRÍGUEZ MARTÍNEZ, F. (2016) Imágenes de la historia de Coria del Río (Sevilla). 1885-1970, Coria del Río (Sevilla), Ayuntamiento de Coria del Río, p. 90.

Figura nº 21: Barco arenero coriano «San Telmo». Década de los años cincuenta del siglo XX.

Fuente: No encontrada.

Figura nº 22: Draga «Mariceli 01» atracada en el muelle arenero de Coria del Río. Año 2004.

Fuente: Colección particular Távora.

Figura nº 23: Estado de abandono del antiguo muelle arenero de Coria del Río. Año 2012.

Fuente: No encontrada.

Figura nº 24: Gravera de la familia Távora, junto al canal de desagüe del arroyo Tamarguillo. Década de los años sesenta del siglo XX.

Fuente: No encontrada.

Figura nº 25: Instalaciones de la gravera de la familia Távora. Década de los años sesenta del siglo XX.

Fuente: Colección particular Joaquín Lozano Torres.

Figura nº 26: Embarcaciones areneras de la familia Távora trabajando a la altura de La Algaba. Década de los años cincuenta del siglo XX.

Fuente: Colección particular Joaquín Lozano Torres.

Figura nº 27: Embarcaciones areneras, entre ellas una draga y remolcador, de la familia Távora. Década de los años cincuenta del siglo XX.

Fuente: Colección particular Joaquín Lozano Torres.

Figura nº 28: Carga de una embarcación arenera mediante draga de la familia Távora. Década de los años cincuenta del siglo XX.

Fuente: Colección particular Joaquín Lozano Torres.

Figura nº 28: Remolque de una embarcación arenera de la familia Távora. Década de los años cincuenta del siglo XX.

Fuente: Colección particular Joaquín Lozano Torres.

Figura nº 29: Muelle arenero de la vega de Triana. Al fondo, el puente del Patrocinio. Año 1967.

Fuente: Colección particular Joaquín Fernández Baena.

Figura nº 30: Muelle arenero de la vega de Triana, visto desde el puente del Patrocinio. Año 1962.

Fuente: https://www.eltiempo.es/fotos/en-provincia-sevilla/la-vega-de-triana-y-lagunas-del-alpechin-1962.html#&gid=1&pid=1

[consultado el 05-10-2021]

Figura nº 31: Aterramiento de la corta de la vega de Triana y transformación del entorno del charco de la Pava. Finales de la década de los años noventa.

Fuente: https://www.alamy.es/aerea-sevilla-e-isla-de-la-cartuja-expo-92-desde-el-sur-ubicacion-exterior-espana-image210141458.html

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