La Sevilla que invirtió en ciencia: la cátedra de Matemáticas de la Real Sociedad Económica (1780–1795)
Documento de referencia (PDF): “La cátedra de Matemáticas de la RSESAP” (Carlos Noguero).
Cuando hoy hablamos de “economía”, solemos pensar en inflación, empleo, tipos de interés o vivienda. Pero en la Sevilla del siglo XVIII, “economía” también significaba ciencia útil: conocimiento técnico aplicado a la producción, la obra pública, la navegación, la industria y la mejora social. En ese contexto, la Real Sociedad Económica Sevillana de Amigos del País (RSESAP) decidió hacer algo que, visto con ojos actuales, suena sorprendentemente moderno: crear y sostener una cátedra de Matemáticas como palanca de desarrollo.
El proyecto no solo fue ambicioso. Fue, además, una respuesta a un problema estructural: la debilidad de los estudios científicos en la Sevilla universitaria del momento. La solución vino desde fuera del sistema tradicional, impulsada por una institución civil reformista y por un profesor francés con perfil de ingeniero: Pierre Henry.

Por qué unas matemáticas podían “mover” la economía
Las Sociedades Económicas nacieron con un objetivo claro: promover el desarrollo del país difundiendo educación “útil” y fomentando la prosperidad. No era filantropía decorativa. Era estrategia: la idea ilustrada de que mejorar la formación técnica elevaba la productividad y, con ella, la riqueza social.
En Sevilla, la RSESAP desplegó iniciativas educativas de base (primeras letras, formación profesional, escuelas patrióticas) y también apostó por contenidos científicos. Dentro de esa visión, una cátedra de Matemáticas no era un capricho académico: era una inversión en capital humano para una ciudad con vocación comercial, marítima y artesanal.
El “dónde” y el “cómo”: San Hermenegildo y una clase con disciplina
La cátedra se instaló en la capilla de la extinta Congregación de la Anunciata, dentro del antiguo colegio jesuita de San Hermenegildo, con autorización del asistente de la ciudad. La elección del lugar no es menor: era un espacio urbano disponible tras la expulsión de los jesuitas y conectaba el proyecto con una infraestructura educativa existente.
Para ordenar el funcionamiento, Martín de Ulloa redactó una “Instrucción para la clase de Matemáticas” (aprobada el 11 de agosto de 1780) que definía requisitos y reglas:
- Admisión: alumnos “honrados” y con nociones mínimas (al menos, las de primeras letras).
- Calendario: inicio el 9 de septiembre, final por San Pedro.
- Horario: de 8 a 10 (o hasta las 11 si la materia lo requería).
- Duración: dos años (luego se amplió a tres).
- Norma central: subordinación y respeto al catedrático en todo lo relativo al estudio y gobierno de la clase.
En resumen: una formación técnica seria, con método, calendario y exigencia. Nada de “curso intensivo de fin de semana”.
Pierre Henry: un ingeniero francés para modernizar el sur de España
El gran motor docente fue Pierre (Pedro) Henry, ingeniero hidráulico y de minas francés. Su perfil era el de un profesional de ciencias aplicadas, con experiencia en obras hidráulicas y formación sólida, que buscó encaje en España y acabó ofreciendo su trabajo a la RSESAP.
La Sociedad lo apoyó incluso antes de arrancar: organizó una colecta para cubrir viaje y alojamiento, y su llegada en mayo de 1780 se recibió con entusiasmo institucional. A partir de ahí, la cátedra se inauguró el 9 de septiembre de 1780 bajo su dirección, con un sueldo mensual mientras se tramitaba el reconocimiento oficial.
Qué se enseñaba: matemáticas para construir, medir, navegar y producir
El plan no se limitaba a aritmética escolar. El proyecto académico incluía materias que hoy asociaríamos a ingeniería y ciencias aplicadas:
- Aritmética, Geometría (elemental y práctica), Álgebra, Trigonometría, secciones cónicas.
- Mecánica y áreas vinculadas a la técnica: hidrostática, hidráulica, nociones de arquitectura civil y militar, óptica, etc.
La lectura económica es clara: formar perfiles capaces de ejecutar obra, industria y cálculo técnico en una ciudad que necesitaba modernización.
El respaldo institucional: la Real Cédula de 1783 y el dinero (porque sin dinero no hay ciencia)
La cátedra obtuvo reconocimiento y dotación por Real Cédula de 24 de junio de 1783. Se asignaron 9.000 reales (además de la vivienda en San Hermenegildo) para sostener al catedrático y permitir continuidad docente; se propuso una segunda cátedra con 4.000 reales y otros 1.500 reales para instrumentos y libros.
Además, se nombró como segundo catedrático a Sebastián Morera, alumno aventajado, en 1782. La RSESAP incluso acordó colocar un retrato de Carlos III y una lápida conmemorativa en la clase, como gesto de mecenazgo y legitimación pública.
El gran cuello de botella: instrumentos, práctica y abandono
El proyecto funcionó, pero no fue idílico. Henry denunció la falta de aparatos e instrumentos para que el aprendizaje fuera realmente práctico: sin máquinas, sin útiles de medición, sin equipos para “ver” la física aplicada, el alumno podía acabar sabiendo teoría pero sin manos.
Ya en los años 90 aparece otro indicador económico, de los serios: abandono escolar. Un informe de 1791 señalaba que de unos 80 alumnos iniciales, pronto quedaban entre 4 y 8. ¿Motivo? Exceso de materias, dureza y “aridez”. En 1792 se reformó el plan para reducir duplicidades y hacer el recorrido más asumible.
El final: guerra, sospecha y una muerte que simboliza un retroceso
La parte más amarga llega con el contexto político. La Revolución francesa encendió alarmas en España: vigilancia, censura, sospecha sobre “hombres de luces” y, especialmente, sobre franceses. Henry quedó atrapado en ese clima y terminó encarcelado durante la guerra contra la Convención (1793–1795).
Tras la Paz de Basilea (julio de 1795) fue liberado en otoño, pero con la salud quebrada. Murió dos semanas después. La RSESAP comunicó su muerte el 15 de octubre de 1795 y costeó su entierro por su estado de indigencia. Su única riqueza: los libros, que dejó a la Sociedad.
Qué deja esta historia a la Sevilla de hoy
La cátedra de Matemáticas de la RSESAP es un caso temprano —y muy sevillano— de algo que hoy repetimos como mantra: la economía necesita conocimiento técnico. La iniciativa creó un espacio formativo avanzado en el sur de España cuando el sistema universitario local no lo garantizaba. Y también muestra las fragilidades de cualquier proyecto de modernización: financiación limitada, falta de equipos, abandono y, finalmente, el impacto devastador del contexto político.
En términos actuales, podríamos resumirlo así: Sevilla intentó construir una infraestructura de talento para competir mejor. Y durante un tiempo lo consiguió. Pero la historia recordó que el progreso no solo depende de buenas ideas, sino de estabilidad, inversión sostenida y un ecosistema que no castigue al que piensa diferente.
Para ampliar (PDF): si quieres consultar el documento completo en el que se basa este artículo, lo dejamos disponible aquí: “La cátedra de Matemáticas de la RSESAP” (Carlos Noguero).


