Las Sociedades Económicas de Amigos del País en Andalucía

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Las Sociedades Económicas de Amigos del País son una de las realizaciones mejor conocidas del reformismo ilustrado español. Andalucía, región de gran vitalidad demográfica y económica en la etapa, estuvo a la cabeza del reformismo, creando un tercio de las Económicas que se establecieron en nuestro país, de las 97 nacidas antes de 1808, 32 fueron andaluzas. El Reino de Sevilla, que entonces comprendía las actuales provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva, albergó el mayor número, doce, con sede en Sevilla, Osuna, Écija, Constantina y las gaditanas de Jerez, Sanlúcar, Puerto Real, Medina Sidonia, Puerto de Santa María, Alcalá de los Gazules, Vejer y Tarifa, pues ninguna se creó en la actual provincia de Huelva. En el Reino de Granada, que abarcaba los territorios orientales de Almería, Granada y Málaga, se promovieron nueve Económicas: las de Granada, Vera, Almuñécar, Baza, Vélez Málaga, Guadix, Motril, Málaga y Loja. El Reino de Córdoba, de límites similares a la provincia actual, propició la fundación de ocho Sociedades en Priego, Cabra, Montilla, Bujalance, Córdoba, Lucena, Aguilar de la Frontera y Baena. Por último, en el Reino de Jaén fue donde se promovieron menos fundaciones, solo tres en Baeza, Jaén y Quesada.

No todas las Económicas andaluzas tuvieron larga vida y realizaciones reseñables. Como ocurrió en otros lugares del país, algunas se frustraron en sus inicios: la Sociedad de Quesada, por ejemplo, no llegó a aprobarse y la de Loja, aunque se aprobó no llegó a tener actividad. Otras como las de Priego, Montilla, Bujalance y Baena, no llegarían siquiera a aprobar estatutos. Disensiones entre los promotores y falta de apoyo social explican estos fracasos.

La creación de Sociedades Económicas en Andalucía es relativamente temprana. La de Baeza fue pionera, nació en la primavera de 1774 de forma espontánea, a imitación de la Sociedad Bascongada de Amigos del País, aprobada en 1765. El resto fue fruto de la iniciativa gubernamental. En noviembre de 1774 sería promovida su fundación con la publicación del Discurso sobre el fomento de la industria popular de Campomanes, donde se diseñaba un plan para crear Sociedades Económicas en todo el reino y se trazaban las líneas maestras de su organización y objetivos. El discurso, con una fabulosa edición de 30.000 ejemplares, fue difundido por corregimientos, municipios, audiencias, chancillerías, obispados, al tiempo que se instaba a las autoridades a promover la fundación de estas instituciones. Pronto llegarían al Consejo de Castilla peticiones para fundar Económicas. En 1775 su fundaron las de Vera, Sevilla y Granada, el año siguiente se promovería la de Almuñécar y en 1778 la de Osuna. En 1779 solicitaron su aprobación las de Baza, Écija, Priego, Cabra y Montilla y al año siguiente las de Bujalance, Córdoba y Lucena. Después el ritmo de creación de Económicas desciende, en 1781 solo se promovieron las de Jerez y Sanlúcar, el año siguiente la de Vélez Málaga, y los siguientes las de Guadix y Medina Sidonia. Transcurrida una docena de años desde su promoción por el gobierno, empezaban a dar muestras de cierta decadencia. En 1786 el Consejo de Castilla realizó una encuesta para averiguar las causas de su relativa inactividad. Alentadas por el interés de la administración se promovieron nuevas fundaciones en este mismo año: Jaén, Motril, Aguilar de la Frontera y Constantina; el año siguiente las del Puerto de Santa María y Baena y en 1788 las de Quesada, Vejer y Málaga y al año siguiente la de Tarifa. La década de los 90 no fue propicia para el nacimiento de nuevas Económicas, incluso muchas de las existentes vieron languidecer su actividad. La última fundación en tierras andaluzas, antes de 1808, fue la de Loja, promovida en 1804.

Campomanes dirigió su iniciativa de crear estas instituciones a la nobleza, clero y clases acomodadas. La historiografía ha destacado que las Económicas no fueron promovidas por la burguesía, lo que explicaría su ausencia en los núcleos burgueses más activos, como es el caso de Cádiz -donde terminaría habiendo una económica en el siglo siguiente-, cuya situación boyante haría innecesaria esta iniciativa. La existencia de una Sociedad en Málaga contradice el economicismo de tal razonamiento, mostrando además entre sus promotores un destacado elenco de los comerciantes de la ciudad. Los estudios sobre Sociedades concretas permiten conocer su composición social. En el caso de las andaluzas, aunque no puede negarse un amplio espectro social entre sus miembros, es evidente que en todos los institutos no suelen faltar los elementos más representativos de la nobleza y el clero local.

El peso de la nobleza fue muy alto en algunas sociedades más tempranas. Es el caso de la de Baeza, surgida en una pequeña ciudad de cuño aristocrático, cuyos estatutos ciñeron exclusivamente el grupo de los numerarios prácticamente a las personas de condición noble e intentaron hacer de la institución un coto cerrado de la nobleza. Su temprana fecha de fundación explica estas peculiaridades. También la temprana sociedad de Sevilla, con una alta representación de nobleza titulada, hábitos de órdenes militares, regidores de la ciudad y altos cargos públicos entre sus promotores, intentó aprobar unos estatutos que reservaban la mitad de sus cuarenta socios numerarios a nobles con patrimonio en la ciudad. Pero el poder central no permitiría la aprobación en tales términos y los estatutos definitivos abrieron la Económica a un espectro social más amplio. Es destacable el interés de algunos miembros de la nobleza titulada por promover la fundación de Económicas en sus estados. Así lo hicieron los duques de Osuna en su villa ducal, o el marqués de Astorga y conde de Altamira en Cabra, de cuya sociedad fue el primer director. La Sociedad de Aguilar de la Frontera fue promovida por los duques de Medinaceli. Otros ejemplos podrían ponerse.

El peso del clero fue muy fuerte en Sociedades como las de Jaén y Vera, donde la mitad de sus miembros fundacionales eran clérigos. La Económica de Jaén tuvo entre sus más activos promotores al obispo de la diócesis, Rubín de Ceballos. La de Jerez fue promovida por el sacerdote Felipe Fernández y las de Puerto Real y Medina Sidonia por el obispo de Cádiz José Escalzo, que fue el primer director de esta última. Las Sociedades de Almuñécar y Motril fueron promovidas ambas por el monje mínimo Fray Pedro de Torres y la de Córdoba por el sacerdote Gregorio Pérez Pavía, con el apoyo y respaldo del marqués de Vega y Armijo. La Sociedad Económica de Vélez Málaga por Fray Ignacio de Liaño, amigo de Jovellanos, que sería su primer director, y por el obispo de la diócesis de Málaga, Ferrer y Figueredo. Este último sería además el primer director de la Económica de Málaga. En otros casos fueron los agentes del poder real sus promotores, como ocurrió en las de Lucena y Guadix, donde fueron impulsadas por sus corregidores respectivos. En todo caso, la estructura social de las localidades donde se crearon las Económicas fue determinante a la hora de configurarse éstas. En todas ellas los sectores sociales más relevantes asumieron un especial protagonismo.

Las Sociedades andaluzas, al igual que las del resto del país, fueron bastante similares entre sí, organizativamente hablando. En general, se adaptaron a las directrices de Campomanes, plasmadas en los estatutos de la Sociedad Matritense de Amigos del País, organismo que pronto se convirtió en rector de las Económicas del reino, supervisando la aprobación de los estatutos de las demás. Las Económicas de configuraron así como organismos que comprendían un número indeterminado de socios numerarios (sin especiales requisitos, salvo residir en la ciudad sede y pago de cuotas), que realizaban las tareas ordinarias, además de socios correspondientes, con residencia fuera de la ciudad, y socios agregados, donde se integraron labradores, fabricantes y artesanos, con labores de asesoramiento, pero con una posición secundaria respecto a los numerarios. Para su gobierno solían tener los cargos de director, secretario, censor, contador y tesorero, todos electivos, con duración variable, pero donde eran posibles las reelecciones. Para desarrollar sus tareas se agrupaban en comisiones, según las materias. Tres eran las existentes en la Matritense: las comisiones de agricultura, industria y artes, y este fue el modelo más generalizado, adoptado en la Económica de Granada entre otras. En otras el número de comisiones fue mayor; así en la de Baeza, fueron cuatro: agricultura, industria, comercio y enseñanza, inspiradas en el modelo de la Bascongada. Además de reuniones semanales de las distintas comisiones, las Económicas celebraban juntas de todos sus miembros, con periodicidad mensual, y juntas públicas anuales, donde invitaban a las autoridades locales, daban a conocer públicamente sus logros, otorgaban premios, etc. Las Sociedades andaluzas se adecuaron, en general, al modelo organizativo de la Matritense. Tan solo en las más tempranas, como es el caso de la de Baeza inspirada en la Bascongada, el modelo es algo más complejo.

Las Sociedades Económicas nacieron con una doble misión: difundir la enseñanza útil y racionalizar la economía. En el primer campo fue, sin duda, donde alcanzaron logros más palpables. Tuvieron en el punto de mira sobre todo la difusión de enseñanzas útiles destinadas a las clases populares. Ciñéndonos a las andaluzas, prácticamente todas, por modestas que fueran, se preocuparon por el fomento de la enseñanza de primeras letras, incentivando los centros existentes por medio de premios destinados a los maestros y a los niños, o incluso creando algunas sus propias escuelas (SEAP de Vera). La Económica de Sevilla intentó incluso crear un Colegio Académico que controlara el acceso al ejercicio del magisterio, para elevar el nivel de los docentes, en manos entonces de la Hermandad gremial de San Casiano. Las Sociedades más activas crearon las llamadas escuelas patrióticas, primera suerte de enseñanza profesional destinadas a las niñas, donde aprendían un oficio con que ganarse el sustento. Así la Económica de Sevilla creó escuelas de hilados en Triana y San Lorenzo; la de Granada una escuela de hilado de lino y cáñamo; en Osuna en la casa de orfandad se enseñaba a las niñas a tejer y coser…, otros ejemplos podrían ponerse. Para los niños se crearon sobre todo escuelas de dibujo, una habilidad considerada de gran utilidad para los artesanos. Crearon escuelas de este tipo las Económicas de Jerez, Baeza, Granada, etc. Aunque menos relevantes, no faltaron tampoco iniciativas para promover la enseñanza secundaria (la SEAP de Granada se ocupó temporalmente de la enseñanza de latinidad, tras la expulsión de los jesuitas, y la de Sevilla creó un Colegio de Humanidades), o promovieron sin éxito la creación de Seminarios destinados a la juventud noble de la zona (SEAP de Sevilla y Granada).

En materia económica, todas prestaron sus mayores desvelos al fomento de la agricultura, en un momento en que el pensamiento fisiócrata se extendía por doquier. Intentaban difundir entre los labradores los mayores avances en esta materia: rotación de cultivos, asociación agricultura-ganadería, extensión de regadíos, cultivos de plantas industriales, cercamiento de tierras, etc., prestando especial atención a los cultivos más característicos de su región. La Sociedad malagueña, por ejemplo, se preocupó por el cultivo de la vid, las de Baeza y Jaén por el olivar, las de Vélez Málaga, Motril y Almuñécar por la caña de azúcar y la de Granada por los morales y moreras para reactivar la producción de seda. Las Económicas de Vera y Granada intentaron fomentar los regadíos con escaso éxito; la de Almuñécar proyectó un embalse en el río Verde y la de Jaén un canal en el Guadalbullón, que se haría realidad en el siglo XIX.

Las comisiones de industria se ocuparon del fomento de las manufacturas tradicionales en decadencia. Las Sociedad de Córdoba intentó reactivar las de cuero y seda y la de Baeza las de lana. Especial preocupación hubo por la industria textil, en especial por las manufacturas populares o bastas, que ocuparan y vistieran a las capas más amplias de la población. Se espoleó la iniciativa privada por medio de premios e incluso algunas crearon sus propias fábricas: la Sociedad de Vera una fábrica de esparto y cáñamo, la de Jaén una casa de labor donde las niñas hilaban a torno y ancianos e impedidos manufacturaban el cáñamo, mientras que la de Granada supervisaba la real fábrica de lonas de la ciudad; las de Baeza y Málaga se preocuparon por la reactivación de las fábricas de curtidos. La labor de las comisiones de comercio fue más teórica. En general, por medio de la confección de memorias, se propugnaron las teorías liberalizadoras, en consonancia con la acción gubernamental por estos años. Otro aspecto que no debe ser olvidado, es la labor asistencial llevada a cabo por estas instituciones. En una sociedad donde la pobreza era estructural, los amigos del país intentaron paliarla en sus casos más extremos. La Sociedad de Osuna, por ejemplo, fundó un hospicio-escuela para niñas huérfanas, donde éstas aprendían un oficio. En los momentos más difíciles, como las hambrunas de la primera década del siglo XIX, la Sociedad de Granada procedió al reparto de las “sopas económicas”, que paliaron el hambre de los más desfavorecidos.

En cuanto al balance de su actuación, fue forzosamente modesto. Hay un gran desfase entre lo ambicioso de sus objetivos y sus modestas realizaciones, que se explican por la falta de medios que abocó a estas instituciones al voluntarismo y a la modestia de sus logros.

Autora: Inmaculada Arias de Saavedra Alías

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